SALOU

En nuestra estancia del 2009 en la Costa Dorada, más concretamente en MIAMI PLATJA (enlace a nuestra publicación), uno de los días de escapadas por la zona, hicimos una fugaz parada en la turística Salou para ver su ambiente, que en cierto modo, no es el que más nos gusta. Así, nuestro pequeño paseo nocturno comenzó bajo las palmeras del Passeig de Jaume I, esa gran avenida donde el Mediterráneo y el turismo parecen haber firmado un acuerdo de convivencia. 

Continuamos hasta la Plaça de Francesc Germà, con su fuente poniendo un poco de relax al trajín de la eminentemente turística Salou, y desde allí nos dejamos llevar hacia el Carrer de Saragossa.

Si uno tiene la tentación de preguntarse dónde están las tiendas, puede respirar tranquilo: ellas ya han salido a nuestro encuentro. Allí el ritmo cambia: la calle se viste de escaparates, tiendas abiertas a cualquier hora, terrazas repletas de mesas, gente caminando en todas direcciones y un bullicio alegre que invita a curiosear sin prisa entre sus tiendas. Aquí el verano no descansa: trabaja a jornada completa.

Entre esquina y esquina aparece el Badulake. Sí, han leído bien: Badulake. Uno no puede pasar por delante sin que, por unos instantes, espere ver salir a Apu con su eterno «¡Gracias, vuelva pronto!».

El ambiente nos resultó, para qué engañarnos, demasiado turístico para nuestros gustos, pues somos más de perdernos por un pueblo tranquilo, escuchar el silencio de un museo y descubrir rincones donde la piedra nos cuente historias. Pero también hay que reconocerle algo: tiene su propio encanto. Un encanto bullicioso, colorido y un poquito descarado, de esos que no piden permiso para hacerse notar.

Y allí terminamos sucumbiendo a los sabores dulces que nos tentaban desde los escaparates. Porque quizá no nos lleváramos de Salou el recuerdo de un rincón solitario y silencioso, pero sí alguna que otra imagen… y un pequeño pecado azucarado.



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