PARC NACIONAL D’AIGÜESTORTES I ESTANY DE SANT MAURICI

En esta publicación quiero acercaros a una jornada de montaña fascinante, emocionante y aderezada con una pequeña aventura que jamás olvidaremos: la vivida en el PARC NACIONAL D’AIGÜESTORTES I ESTANY DE SANT MAURICI, un reino de belleza engalanado de verde y plata en el corazón de los Pirineos, donde las montañas parecen haberse puesto de acuerdo para tocar el cielo y sus más de 200 lagos o estanys de origen glaciar se empeñan en devolverle el reflejo.

La noche anterior a nuestra visita, el cielo pirenaico decidió ofrecer su propio espectáculo. Una tormenta descargó sobre Sopeira, el pueblo donde nos alojábamos: truenos rotundos, rayos que iluminaban las cumbres y una lluvia impetuosa parecía querer impedir nuestra aventura.

A la mañana siguiente, con el horizonte completamente despejado, pusimos rumbo al corazón del parque accediendo desde el impresionante VALL DE BOÍ (enlace a nuestra publicación), célebre por sus conjunto de iglesias románicas declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y que todavía contemplan impasibles el paso de los siglos; por un OASIS TERMAL (enlace a nuestra publicación) escondido entre montañas, historia y vapores curativos, que además, ostenta un Récord Guinness por la mayor variedad de aguas termales reunidas en un solo balneario; y como no, por sus paisajes extraordinarios.


Como mi mujer viaja en silla de ruedas y el parque cuenta con facilidades de acceso para personas con movilidad reducida, pudimos solicitar la autorización correspondiente para adentrarnos en nuestro propio vehículo hasta el Aparcamiento Freixana Llarga. Ascender por aquella pista, rodeados de bosque denso y el agua aparecía una y otra vez, fue el perfecto aperitivo de lo que nos aguardaba.

Al apagar el motor y salir al exterior, nos dio la bienvenida el aroma inconfundible de la tierra mojada y la pineda. Era difícil no tener la sensación de estar entrando en otro mundo. Uno mucho más verde. Mucho más tranquilo. Y, sobre todo, mucho más bonito.

La primera parada obligatoria era el MIRADOR DE SANT ESPERIT. Uno de esos escenarios que hacen que uno se quede unos instantes sin saber muy bien qué decir.

Asomarse a este balcón natural es rendirse, casi sin remedio, ante la grandeza de la creación. 

Desde sus bancales, la mirada se pierde en la inmensidad de la Vall de Llacs, un territorio esculpido pacientemente por los antiguos glaciares, donde las montañas se suceden hasta confundirse con el horizonte. Al fondo, los picos de Morrano y Bony del Graller se alzan majestuosos, como si todavía quisieran arañar un poco más de cielo.

Frente a nosotros, la montaña del Aüt y el Valle de río Sant Nicolau, que serpentea impetuoso arrastrando todavía la memoria de la tormenta nocturna en un rugido blanco de espuma y fuerza.



Las montañas se suceden formando un enorme anfiteatro natural, donde sus laderas vestidas de pino negro y abetos ascienden buscando las altas cumbres rocosas que arañan las nubes.

El verde de los prados, el oscuro de los bosques, el gris de las rocas y el azul del cielo componían una paleta de colores que parecía sacada de un cuadro.

Y, como si alguien hubiera decidido añadir un pequeño toque de vida a semejante pintura bucólica, allí pastoreaba plácidamente un grupo de ganado vacuno.

Vacas de mirada serena, entregadas a la hierba fresca y húmeda, ajenas al mundo, luciendo sus esquilas con un tintineo que se mezclaba armoniosamente con el murmullo del agua.

Tras recrear la vista en el mirador, nos adentramos en el PLANELL D’AIGÜESTORTES, el verdadero corazón de este paraíso.

"Aigüestortes" significa literalmente "aguas meandriformes" o trenzadas, y no hay nombre más fiel a la realidad. 



Aquí el paisaje cambia. Las grandes montañas continúan dominando el horizonte, pero el terreno se vuelve amable, abierto y prácticamente llano.

Los bosques, los prados y el agua se mezclan formando un escenario de una belleza serena, de esos que invitan a caminar sin mirar el reloj.


Y eso hicimos. Bueno… caminar, caminar… cada uno a su manera. Pero para nuestra alegría, el Planell cuenta con un itinerario circular perfectamente adaptado que permiten a personas en silla de ruedas adentrarse en la espesura del parque sin barreras, sintiendo la montaña en igualdad de condiciones.

A nuestro lado, el río Sant Nicolau, henchido de agua pura y fría surcaba los prados, reflejando el azul del cielo y el verde de los abetos.

Las montañas permanecen allí arriba, contemplándolo todo con la tranquilidad de quien lleva muchísimo tiempo en ese lugar, protegiéndolo con un abrazo eterno.

El silencio solo era interrumpido por el canto de los pájaros y el suave discurrir del agua.

Porque el agua es, probablemente, una de las grandes protagonistas del Planell. Corre, serpentea, desaparece entre la vegetación y vuelve a aparecer unos metros más adelante. Y quizá sea precisamente por eso por lo que el lugar transmite tanta sensación de vida.

Es un paseo corto y pausado, donde cada rincón invita a detenerse, respirar profundamente el aire puro y disparar la cámara una y otra vez para capturar esa atmósfera mágica.

Quizás tan corto que, al ver en un cartel que el Estany Llong estaba a 1h20´ quisimos prolongarlo un poco más.

Continuamos la ruta siguiendo la pista de tierra, pero enseguida nos topamos con un pequeño arrollo que la cruza y donde dos largos maderos, lo salvan por un lateral.

Allí, mi esposa dejó que mi hija y yo  siguiéramos un poco más.

Unos pocos pasos que nos acercaron a la FONT DEL PLANELL GRAN, junto a la que el río Sant Nicolau bajaba, más encajado y con más prisa.

Dimos la vuelta y, otra vez reunido el grupo, retomamos el itinerario adaptado, esta vez atravesando el puente de madera que salva el río y nos lleva hasta la otra orilla.

Allí, las pasarelas de madera se introducen entre el bosque y los prados, cruzando sobre zonas húmedas y pequeños cursos de agua, y permiten avanzar por un paisaje que parece diseñado expresamente para que uno pueda detenerse cada pocos metros.


Pero la montaña siempre guarda sorpresas y la tormenta de la noche anterior, aquí aún tenía algo que decir: A mitad de nuestro recorrido por el tramo de pasarelas de madera, nos encontramos con un imprevisto: la furia del viento y el peso de la lluvia nocturna habían derribado un imponente árbol, cuyo tronco bloqueaba por completo el paso en mitad de la pasarela adaptada. La estructura continuaba al otro lado, pero para nosotros resultaba insuperable en ese momento.

Sin perder el buen humor, nos tomamos el imprevisto como algo que entra dentro de lo previsible en un espacio natural como este. La naturaleza nos invitaba, nuevamente, a contemplar el camino desde la perspectiva inversa. Así que dimos media vuelta y comenzamos a desandar nuestros pasos. No quedaba otra.

De regreso, ya de nuevo en la pista de tierra que conduce al corazón del parque, nos encontramos otra vez con el guarda forestal. Atento, cercano y con esa amabilidad sincera de la gente que cuida la montaña, se interesó por nuestro paseo. Le explicamos lo sucedido con el árbol caído que cortaba la pasarela. Agradeció el aviso y se puso inmediatamente en marcha para comprobar como afectaba al recorrido.

Nosotros continuábamos nuestra ruta disfrutando de los paisajes al otro lado de la ribera, cuando vimos a lo lejos al guarda haciéndonos señas con entusiasmo. ¡Camino abierto! Con la ayuda espontánea de varios senderistas que pasaban por allí, habían logrado mover el tronco, despejar la pasarela y abrir de nuevo el camino.

Aquello que unos minutos antes parecía el final de nuestro recorrido, se convirtió, gracias a la atención del guarda y a la solidaridad de los caminantes, en una invitación a continuar ¡Y nosotros, naturalmente, aceptamos la invitación! Un gesto sencillo pero hermoso que nos recordó que en la montaña nunca estás solo.


Continuamos avanzando por este tramo de pasarelas de madera, disfrutando ahora del recorrido con la tranquilidad de saber que podríamos completarlo. Aunque nos resultaba difícil mantener un ritmo constante. Siempre aparecía algo que merecía una fotografía. Un árbol. Un arroyo. Un rincón del bosque. Una montaña al fondo. O simplemente ese paisaje que, sin hacer absolutamente nada, consigue que uno se quede admirándolo.

Avanzar por ellas con la silla de ruedas era como flotar sobre un tapiz vegetal. En algunos momentos, la pasarela parecía desaparecer entre los árboles para reaparecer poco después en un espacio abierto. 



En otros, el agua ocupaba todo el protagonismo y nos obligaba a detenernos para contemplarla.

Bajaba con fuerza por algunos de los pequeños cursos que atravesaban el Planell y la vegetación lucía ese verde intenso que adquiere después de una buena lluvia.

Las pasarelas permiten adentrarse en este paisaje sin necesidad de enfrentarse a los terrenos más complicados del parque. A un lado y otro aparecen bosques, claros y praderas, mientras el agua se convierte en una presencia constante.

Y entre una fotografía y otra, uno va acumulando la sensación de encontrarse en un lugar privilegiado. Como si durante unas horas hubiéramos conseguido escapar de todo. Como si el mundo se hubiera quedado muy lejos. Como si aquel rincón del Pirineo fuera, sencillamente, un pequeño paraíso.

¡No es difícil entender por qué este auténtico santuario natural, un territorio donde el agua, la roca, el bosque y el cielo llevan miles de años trabajando juntos sin necesidad de ponerse de acuerdo, fue protegido como Parque Nacional!


Con el corazón lleno de gratitud y las tarjetas de memoria de nuestras cámaras rebosantes de fotografías, emprendimos el regreso en el vehículo descendiendo lentamente hacia el valle. Pero antes de abandonar definitivamente los límites del parque, este nos guardaba un último regalo visual: el ESTANY DE LA LLEBRETA, uno de los 200 lagos que se pueden encontrar dentro del parque nacional.

Este lago, de origen no glaciar, nació de un desprendimiento de rocas procedente de la ladera sur, cuyo enorme volumen terminó por obstruir el Vall de Sant Nicolau. Hoy, aquel antiguo deslizamiento se nos muestra transformado en una auténtica joya de aguas serenas y oscuras, tan quietas que parecen un espejo en el que las laderas que lo abrazan se contemplan en silencio.

La vegetación de ribera, matizada por las luces del atardecer, se sumergía suavemente en las orillas. Las aguas del Llebreta parecían guardar en su fondo todas las historias y leyendas de la montaña, ofreciéndonos una despedida inolvidable.

El Parque Nacional de Aigüestortes no es solo un destino natural de primer orden; es un ejemplo de cómo la naturaleza puede hacerse accesible para todos si hay voluntad y respeto. Poder recorrer estos paisajes de cuento junto a mi mujer y mi hija, sintiendo la libertad del aire puro, la belleza de la montaña y la calidez de quienes encontramos en el camino, ha sido una de las experiencias más gratificantes del viaje.

Si tenéis la oportunidad de visitarlo, no lo dudéis: calzaos las botas o preparad las ruedas, abrid bien los ojos y dejaos llevar por el mágico susurro del agua. ¡Nos vemos en la próxima aventura!


TODA LA INFORMACIÓN INCLUIDA EN ESTA PUBLICACIÓN HA SIDO RECOGIDA DE LOS SIGUIENTES ENLACES:

https://parquesnacionales.cnig.es/aiguestortes-i-estany-de-sant-maurici

https://www.vallboi.cat/es/aiguestortes-un-paraiso-en-la-tierra

https://es.wikipedia.org/wiki/Parque_nacional_de_Aig%C3%BCestortes_i_estany_de_Sant_Maurici

https://www.miteco.gob.es/es/parques-nacionales-oapn/red-parques-nacionales/parques-nacionales/aiguestortes.html

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